lunes, 9 de julio de 2007

Viaje a القاهرة

Como la pasta de henna que cae contínuamente sobre la piel sin una dirección aparente, simulando un caos de líneas que sólo cobran sentido cuando se las relaciona con las demás. Así me parece el Cairo. Tras ese caos aparente hay una fuerza superior, está el alma del artista, su personalidad y su experiencia, y es que ese caos no es más que la puesta en escena de actos intencionados que esconden un fin último.
Como los cientos de pañuelos en la tienda de Yasser, que podría estresar a cualquiera que entra por primera vez. Quien se familiariza con este caos puede identificar sus formas de clasificación; entonces la tienda ya no inquieta a nadie sino que los miles de monedas y de piedrecitas que cuelgan significan un pequeño paraíso para quien ha estado imaginando estos estantes y soñando con un nuevo cinturón.

Como cada una de las piedras que forman el cuerpo de una pirámide. Estas construcciones me demostraron que cuánto más de cerca se intentan ver las cosas, más se da uno cuenta del poco conocimiento que tiene acerca de ellas. Nunca cuestionariamos la capacidad de las pirámides para mantenerse en pie; sin embargo, fue al verme a sus pies cuando lo único que pude hacer fue maravillarme ante ese aparente caos de piedras amontonadas, y preguntarme por la forma en que se han mantenido sujetas a lo largo de la historia.

Como las simples líneas que se entrelazan para formar imágenes de la geometría sagrada, de gran técnica y precisión. Su belleza reside en los secretos de sus combinaciones. El Cairo intriga al extranjero, pues sólo aquél que forma parte de este orden y de este desorden conoce sus secretos.

Yo por ahora me he dejado intrigar, pues todavía me pregunto cómo la tatuadora tiene tanta conciencia de la función que atribuye a la línea que acaba de dibujar sobre mi mano, me pregunto cómo el taxista convive en la carretera con los demás coches que le rodean a menos de un metro de distancia con una precisión que yo jamás sería capaz de conseguir en su lugar. Creo que la del orden es una dimensión implícita.

La forma de vida del Cairo me recuerda tanto a aquello místico como como a aquello terrenal. Por una parte me pregunto de qué manera puede existir tal coordinación en el hormigueo constante de personas, quién sabe si ésta tiene origen en la fuerza superior que las une. Pero también veo las formas de vida más terrenales que conozco; en este sentido el Cairo me parece un gran pueblo, un lugar de transparencia y de complicidad, donde olvidé el miedo a dirigirme a alguien a quien no conozco.

Como una secuencia de danza a simple vista, un caos aparentemente indescifrable e imposible de reproducir, así me parece el Cairo. Quizás sienta que la única parte en la que puedo entender algunos de los secretos de Egipto es en su danza, y quizás sea esta la razón por la que mi viaje al Cairo no hubiera sido lo mismo sin haber experimentado su danza. Ocasiones las hubo, pero quizás con más contratiempos de los que nos esperábamos, pues hubo momentos en los que me preguntaba si el destino no quería que hiciéramos clase allí, ni que me enamorara de la danza oriental tal y cómo es en su hogar y por quienes nacen con ella.

Quizás el destino no quería, pero lo tuvo bien difícil, porque no nos rendimos. Pero no conseguimos nada solas, porque dudo si hubiera conseguido volver feliz a casa si Ashraf no hubiera sido como es; siempre le agradeceré su paciencia y el hecho de que se aliara con nosotras en contra del destino, ¡para que al fin pudiéramos hacer clase!

Todavía tengo muchas preguntas sin contestar, y mis clases de danza han servido para darme cuenta de lo poco que sé, así que me da la impresión de que mi imagen del Cairo no es más que un pequeño esbozo. De lo único que estoy segura acerca de él ahora mismo es de que no quiero dejar este dibujo a medias, sino de que prefiero ir pintando poco a poco, al ritmo que siga mi vida, porque pienso que este rincón del mundo es parte de ella.